jueves, 21 de abril de 2016

EL ARTE Y EL ESPACIO












Desde que en sus orígenes el hombre empezó a ordenar su conciencia creativa, el arte tridimensional ocupa un lugar supremo como objeto rodeado de una verdadera mística, porque, incluso hoy en día, todo aquello que provoca adoración se hace bajo la forma escultórica. Y, es este propósito milenario el que convierte a la escultura en el punto de partida de la relación hombre y universo. Y el ideal que anima al artista a participar en los gestos mismos de la creación, fuera de las corrientes filosóficas o religiosas, es el vacío. Ese lugar interno en el que establecer la potencia propia del objeto y que lejos de ser sinónimo de abstracto o impreciso, es su más alta expresión artística. En nuestro afán de comprender un poco más esta esencia creativa, hemos destinado nuestra investigación hacia el planteamiento de la escultura como un tránsito hacia la nada, a pesar de que la tradición artística ha considerado durante siglos, que las obras escultóricas son un núcleo cerrado y embozado en una forma perfecta determinando un espacio. Sin embargo, el vacío creado en una escultura es el que nos está revelando precisamente ese carácter sólido del objeto, y no fue hasta que, la irrupción de la modernidad sacrificó ese postulado clásico para demostrarnos que el vacío concebido en una obra, desde los primeros huecos mágicos hasta la más contemporánea idea de la nada, es el que ha ido elaborando esa plenitud primordial que convierte la escultura, en obra abierta como entidad substancial del hombre EL HUECO COMO HERRAM IENTA DEL TRABAJO ESCULTÓRICO .LA PRESENCIA DEL VACÍO.  Definir el vacío como parte esencial de la escultura, es hablar del hueco y también de la luz como materia. Una vieja ambición que de un modo u otro ha adquirido entidad propia a través de las distintas obras y del paso del tiempo que, a su vez, nos ha ido proporcionando conciencia de sus posibilidades y del control expresivo que ejerce en las formas, ya que el espacio y la luz siempre han sido entendidos como los medios naturales donde se desarrolla la vida y por tanto la del arte escultórico. Crear un hueco en un volumen cerrado, es hacer esa materia transparente a la luz y por consiguiente “ha de contener, separar, proteger, aislar, apoyar sin imponer visualmente su materialidad”, en realidad es ir conquistando el vacío para habitarlo de manera clara como una nueva presencia física de la escultura, un agujero blanco 2 que provoca en realidad, un reencuentro con nosotros mismos y a partir de ahí la posibilidad de relación con la obra concibiéndola más rica y más intensa. Este pequeño preámbulo es necesario para presentar el objeto escultórico y conocerlo como una obra abierta en una época en la que la escultura ha perdido su sentido más tradicional. Nos encontramos con nuevos cánones que son, en las contemporáneas obras de arte, el opuesto de lo que fueron. El Apolo de Velvedere o la Venus de Milo, ya no son más que obras atávicas que cargan sobre sus hombros siglos de perfección artística. Envueltas por el áurea de su glorioso pasado sólo acertamos a escuchar su silencio porque, frente a frente con nuestro presente, se están transmutando en las sombras de su propia grandeza, en huellas de lo que fueron y ya no son. Sentados ante una obra marmórea cuyo pasado conocemos, cuyo presente observamos y cuyo futuro es previsible, observamos en ella su material tangible, su técnica, las herramientas que la elaboraron, su acabado y hasta la mente que la creó. No es así, sin embargo, frente a una obra contemporánea. Una obra que carece de pasado histórico, que su presente aún está lleno de invenciones y que su futuro es impredecible pero que nos provoca una excitación más fuerte y más poderosa que la tradición. mÁS EN www.somoselespectador.blogspot.com